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Viaje en Carne Hueso

No es de esta época, ni de este tiempo, ni de lo que uno tiene que estar haciendo un día de semana, al mediodía, entrar en Carne Hueso. Entrar a Carne Hueso. Está el tiempo parado en otro huso horario. Es una fábrica de caballos de calesita. De bambis. Hay estructuras que cuelgan de las paredes. En las paredes. Hay un medio carrousel que fue decorado y, aún acá, sacado de contexto, también decora.
Hay herramientas. Millones. Aserrín. Latas. Pintura. Pinceles. Hay cápsulas que fueron parte de un juego viejo, de una vuelta al mundo de un parque de diversiones. Ya no se usan: están ahí, como semillas enormes. Están ahí.

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Carne y Hueso tiene genealogía familiar. Un abuelo que un día, de la nada, porque sí, empezó a fabricar calesitas. Después juegos. Que se hicieron parque de diversiones. Un nieto que se pasó la vida ahí adentro, viendo todo. Que estudió diseño gráfico y con un amigo (mismas inquietudes) empezaron a hacerse un lugar en ese taller inmenso en el que debe hacer mucho frío por estos días, menos el día que voy, que es atípico para el invierno. El sol entra de chanfle por el techo.

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Están Leo y Mariano. Leo es el nieto. Mariano y él son amigos desde hace mucho. Hicieron, acá en este taller al borde de Villa Luro, al comienzo, me cuenta, unos eventos que eran algo entre una feria, una muestra (con el Anuario de Ilustradores), una vernissage. La gente entraba y cómo no, se metía hasta el hueso en ese lugar tan, tan raro. No es un punto turístico. Podría serlo, de todos modos. Pero es uno de esos lugares escondidos que en eso también ganan encanto.

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Cada tanto, cuenta Mariano, reciben a colegios. Salas de jardín, chicos que se sientan en ronda y el contexto (y los animales) hace todo lo demás. La excusa es el arte, la creación. Se vuelven locos.

¿Cómo pasó esto?, le pregunto. Esto es todo lo que se ve.
Ahí me cuenta entonces la historia de Leo, de su abuelo, que tiene el taller hace 35 años. Del parque de diversiones en la costa. De cómo construyó todo el parque, entero, sin saber nada. Sin Google. Sin planos. El parque sigue andando, dice.

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Mariano y Leo, cuenta Mariano, se coparon con el espacio. El último año de la facultad fue largo. Y aprovecharon ese tramo final interminable para empezar a hacer los eventos. Muestra, mapping, música en vivo. Año 2010. Se fueron dando oportunidades, pasando cosas. En 2012 hicieron galería de oficios: una muestra de objetos y procesos, de piezas hechas. Había charlas, una cocina montada, se podía comer y escuchar.  Y gente que empezó a querer comprar las cosas.
Y me dice:  todavía “una vez por año todavía abrimos el taller para que venga otra gente, para que entre otro aire“. Porque, explica, el caballo va a ser el caballo siempre, el molde será el mismo, “trabajamos con estos moldes originales y nos interesa la figura tradicional. Pero el contacto, los otros, generan cosas nuevas“.

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Me cuenta que estuvieron un año incubados en el CMD. Y que ese año los ayudó a madurar el proyecto, a largo plazo. Ver en qué podía convertirse ese entusiasmo. Cada uno, dice, con sus cosas, además. Trabajos freelance (que aún conservan) y el corte absoluto a todo lo daba (lo da) el taller. Carne Hueso se convirtió en la suma de una parte comercial (los animales, que se venden como objetos de decoración y juego para familias, casas particulares; el proyecto de los muebles para niños; la tienda) y una pata artística, siempre.

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Esta pata artística estuvo montada en Arte Espacio, la muestra que estuvo en el Hipódromo de San Isidro hasta hace dos días. Seis artistas fueron invitados a intervenir los bambis y a armar una obra que convivió con la puesta de Marta Minujín. (Seguramente estarán, pronto, exhibidos más cerca, en alguna galería de arte).

Pero vuelvo. Están los caballos. Los bambis, que también se hicieron caballitos de batalla, emblema. Que se encargan. Y se esperan. Hasta sesenta días se esperan. Para Navidad, dice Leo, crecen los pedidos. Pero después de las fiestas, todavía, hay una ventana en la que todavía, durante el verano, siguen llegando pedidos. Se pueden poner afuera. Son resistentes. A veces piden uno y después otro. Se arma algo, dice Leo, como de colección.

Y está Troya, la tienda de oficios. Que, en construcción, todavía en crecimiento, en plena evolución, es el lugar en el que están todas esas cosas fabricadas con oficios, por artesanos. Las propias, y ajenas, elegidas. Con la curaduría de Carne Hueso.
Una de las joyas (nuevas) del proyecto son los muebles. El mueble, por ahora. Que se hizo, inicialmente, para una feria en París (Designers Days). Les pedían, dice Leo, algo pensado acá que se pudiera hacer allá. Después de muchas vueltas, diseñaron el Caballo de Troya (baúl, escritorio, vaivén). Que costó (y mucho) y que luego se transformó en un modelo mejorado, más simple. “Es uno de los productos menos artesanales que tenemos” dice Leo “porque se manda a fabricar. Y, de hecho, lo estoy simplificando aún más, quiero que se pueda encastrar en casa. Es resignar muchas decisiones, pero me parece necesario. Por costos y por comodidad“. Porque, dice, no es una necesidad, es un gusto. Es un mueble, es un juguete. (Es increíble, pienso yo).

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Hablamos de hacer lo que a uno le gusta. De la distancia mínima y gigantesca entre el trabajo y lo que a uno lo hace feliz (cuando eso coincide y cuando no). El taller está vacío (de gente). Lleno de moldes. De cochecitos antigüos. De partes, piezas. Cosas a medio terminar. Secándose. Caballos pintados, otros por pintar. Una manada de bambis.
Es un viaje entrar en Carne Hueso.

Todas las fotos, hasta acá, son de Carne Hueso.
Estas son las que saqué  yo (si hacen click, las ven más grandes).
Y no se pierdan el video del final, hecho para canal Encuentro.

Carne Hueso Fanpage
Web
Tienda Troya

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