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Todo menos esto (con Netflix, no)

Todo comparto ¿eh? Todo. Desde que tuve hijos me di cuenta de que, además del tiempo, tenés que estar dispuesta a ceder otras cosas. Importantísimas. Los alfajores, por ejemplo. ¿Saben cuánto hace que no puedo como un alfajor ENTERO si no estoy escondida? Cinco años, seguro.

cocina
Tuve que aprender a leer parada mientras los acompaño al baño. Y aprender a leer hablando porque siempre hay preguntas para responder. Aprendí a compartir mi ropa para que jueguen y ver cómo mis pañuelos vintage adorados se volvían, ay, trapos de piso.

orden
Aprendí a (me resigné a) compartir mis Sugus. Mis agendas de trabajo (varias Moleskine, de cuando compraba Moleskine, dibujadas de principio a fin). Me ajusté para dormir en una tirita finita de nuestra cama (enorme) porque ellos la quieren compartir conmigo. Mucho. Casi todas las noches. Y, misterios de la física, ellos se expanden al triple de sus cuerpos y yo, me achico.

bano

Pero esto no. No. No mi tiempo de Netflix. No mi ansiada hora de tirarme en el sillón. O en la cama o en el piso. O de cocinar con un ojo en la pantalla. O de colgar la ropa y tantear el piso sin mirar para encontrar un broche. O de secarme el pelo y ver el capítulo de The Good Wife muteado pero con subtítulos. O de doblar medias mientras paso a la temporada dos.
Lo siento, chicos. Los adoro. Pero todo tiene un límite.

colgar
No pasarán.
(No, con The Good Wife, no).
#StreamTeam

Netflix

 

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