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Todo lo que nos pasa con eso de comer

Inventaron un individual (Yumit) que hace un trabajo novedoso: le pone interactividad a las comidas. Genera un registro inteligente de lo que comen los niños y, además, convierte cada gramo (pesa la comida usando sensores) de alimento en energía virtual (en tiempo real) para jugar juegos en distintos dispositivos (teléfonos, Ipads, tablets).
Es, materialmente hablando, lindo. Un diseño muy nórdico. Está hecho en materiales resistentes, antideslizantes, limpios. Y el kit es completo: incluye bandeja antiderrame, cuchara, tenedor y cuchillo.

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Me llega la información. Y se mete en el medio de muchas cosas que nos vienen pasando/que venimos pensando: desde hace un tiempo largo estamos experimentando muchos cambios en cómo enfocamos la alimentación en casa. Particularmente, la de los chicos.
Si hoy alguien analizara mi historial alimentario (crecí en los 80), es probable que mi composición físico-química esté organizada en un 60% de carne, un 30% de puré de sobre (¿todavía existe el puré Chef?) y un 10% divisible entre Naranjú, caramelos Dulcilac, mandarinas del árbol de mis abuelos, palta (otro árbol de los abuelos) y moras que robaba de árboles salvajes. Redondeando, claro. Pero en esa heterogeneidad nutricional de hija de padres trabajadores, ocupados, crecí. Comiendo más o menos (más menos que mucho). Sin preocuparme (ni ellos) por el tema (lo que en un punto, pienso, le quitó neurosis y, por ende, capacidad de mayor daño al asunto).

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Y ahora, que soy madre, que me casé con alguien que cocina muy bien (y que me impulsó a tomar clases, porque también yo quería hacer cosas buenas en la cocina) y que vivo en esta época, hiperinformada, bastante paranoica, me planteo hacer las cosas de otra forma. Un poco porque puedo (tengo el tiempo) y un poco porque me interesa que los niños hagan la experiencia de probar todo (o más o menos todo) y de elegir, de cultivar un gusto, un entusiasmo por la comida.
Mis hijos tienen actitudes bastante distintas frente a la comida. Mi hija mayor come por placer, le fascina probar, testear, no le tiene miedo a lo nuevo, a lo exótico. El más chiquito.. es un torbellino de imprevisión. Como un huracán, como un temporal: difícil saber cómo va a reaccionar (hola hijo, espero que en diez años esto no esté más online).
Otro día voy a escribir sobre cómo cambiamos algunos hábitos, sin ser fundamentalistas (sigo siendo casi adicta a los Sugus, los paragütas de chocolate son sagrados y Emma considera que un huevo frito es sinónimo de festejo) pero empezando a pensar un poco más allá de nosotros. Qué comemos, de dónde viene y a quién se lo compramos.

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Todo esto se me vino a la cabeza mientras veía de qué se trata Yumit (creación la agencia Wunderman vía su estudio Wunderman Innvention Platform -WIP-) y buscaba entender la propuesta cruza dos mundos que, hasta ahora al menos, no se me había ocurrido que podían tocarse.  Se me plantean, lógico, mil interrogantes que van desde ¿por qué comer tiene que ser algo aburrido? hasta ¿puede ser de ayuda para generar un interés extra en algo que usualmente tiene más de rutina que otra cosa? (hola hijo menor, parte II). ¿Necesitamos de un dispositivo para generar un estímulo? ¿O es que (y en esto creo que hay algo de cierto) estamos observando cómo cambian algunos paradigmas y, eventualmente y con moderación, tenemos que empezar a abrirnos a estas experiencias que cruzan la virtualidad con los hábitos comunes?

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Yumit todavía no está disponible en Argentina pero, dicen en Wunderman, es posible que haya novedades pronto.
(Llegue o no, las cosas están cambiando en esto que nos pasa cuando nos sentamos a comer. Y vale la excusa para ponerse a pensar).

Yumit web
Wunderman Argentina

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