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Hecho a mano

Que haya otra manera de hacer las cosas. Que haya tiempo disponible, como quien tiene un tesoro, una joya. Que se haga despacio: tomando las medidas. Eligiendo las telas. Escribiéndose. Yendo y viniendo. Y luego esperando la pausa lenta de las puntadas. Los pasos necesarios.
Mi mamá haciéndome un vestido para mis ocho años. Un solero rojo. A mano, porque no había máquina, ni lo suyo era la costura. Pero lo hizo porque quiso. Le cosió un puñado de hongos en el canesú. Durmió menos muchos días. Lo usé hasta que se hizo hilachas. Y guardo hoy mismo, en mi costurero, uno de esos honguitos bordados a mano.

Me acordé -sí, me tomo la licencia de acordarme y largarme entonces a escribir- y me entusiasmé cuando vi los vestidos que está haciendo Ro, que es Rosa Chicle -saben, otro de mis emprendimientos preferidos en este mundo tan lleno de cosas-. Le escribí. Y me contó.

Me dijo que todo empezó por querer. Por querer esos vestidos de vuelta, los de la infancia, esos que se nos quedaron pegados a la memoria, a la felicidad de antaño. Para su hija Jesusita los quería, me dijo, pero no encontraba (o era muy difícil) nada en las marcas comerciales. Eso y un viaje/mudanza en el horizonte la ayudaron a decidirse y “sacarse de encima  todos esos metros y metros de telas importadas (de USA, UK, Brasil y hasta Paraguay) sin usar.

“Por otro lado, me copaba la idea del “mandar a hacer” con costureras como cuando era chica. De hecho, toda la ropita la hace Rosita, la misma que me hacía los vestidos a mí cuando era incluso más chiquita que Jesu. En definitiva, fue una suma de cosas que ya andaba rondando en mi cabeza y con esto de nuestra partida hizo que se junten todas las piezas…. Traté de estandarizar al máximo: un modelo de vestido, uno de jardinero y otro de jumper y camisa. Mando foto de las telas que tengo y cuando me mandan las medidas, ahí mando a hacerlos. Le doy el tiempo a Rosita para que trabaje tranquila, así que damos dos semanas de demora, por lo menos”.

 

Diría que aprovechen. Que la familia pronto va a levantar vuelo, y que no quedan tantas telas -aunque Ro tiñe sus propios géneros con frutas, vegetales, semillas, flores y es la oportunidad para insistirle y pedirle algunas confecciones con esas telas fabulosas-. Elegir el modelo. Medir. Cartearse virtualmente. Y luego, ah, esperar. Ese don que, aunque cueste, todavía tenemos.
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