Una vez estuve en Roma, antes de que hubiera una Emma, un Teo y todo lo que me vuelve menos nómada. Era invierno pero no hacía frío. Nos reíamos: todos saludaban de la misma manera al entrar y salir. Prego. Prego acá, prego allá. Nos pasamos esperando otras formas de saludar que no vinieron nunca. Y se nos pegó el prego como a quien se le pega un abrojo en la ropa. Era el chiste. Prego todo el día.
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